miércoles, 14 de septiembre de 2011

LOS VALORES Y MI SEXUALIDAD



elecciones forman el tejido de la vida humana. Desde la aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre en una cadena ininterrumpida de decisiones, una tras otra. Cuando te levantas por la mañana y te pones unos calcetines grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás tomando una decisión. . A lo largo del día tomamos continuamente decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto tiempo.

Nuestras decisiones reflejan nuestros valores; así también, nuestros valores son como el telón de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere decir que nuestros valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás de nuestras decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con tu decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas del escritorio antes de empezar a trabajar, etc. Las elecciones y los valores son compañeros inseparables. Nuestras decisiones son la manifestación concreta de nuestros valores. ¿Qué hay de por medio en una elección?

No todas las decisiones producen el mismo impacto en nuestra vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un comienzo, un cambio importante en nuestro estilo de vida. Otras, como elegir la corbata por la mañana, repercuten poco en nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas, constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos: 1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay elección.

Libertad de elección 



La elección se basa en una premisa básica: la libertad. Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección.
La libertad de elección depende de la conciencia, de la reflexión y de la fuerza de voluntad.Una elección no es una respuesta ciega a un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más bien, la capacidad de tomar una decisión después de haber reflexionado sobre distintas posibilidades.
Incluso la pasividad es una forma de elección: la abstención del ejercicio de nuestra libertad. Equivale a consentir que otras personas o que los acontecimientos decidan por nosotros.

Múltiples posibilidades 



Un día, a las dos o tres de la tarde, el estómago te avisa que ya es hora de comer. Vas al refrigerador, pero lo encuentras vacío. Abres la despensa y encuentras tan sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay más que calentar... En este caso sólo existe una opción: la sopa de cebolla (claro que morir de hambre también podría ser una opción, pero no la vamos a considerar). Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.

Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no tienes alternativa.

Ahora bien, para que se dé una elección no basta con que haya por lo menos otra opción, sino que debes darte cuenta de que existe esa alternativa. En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a la mañana siguiente una alacena repleta justamente al lado de la despensa donde encontraste la lata de sopa. Estaba allí, pero no lo sabías; así es que, por lo que ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido. Si tu hermanito menor hubiera abierto las cartas de aceptación que te enviaron las dieciséis universidades, te habría perjudicado mucho, pues no hubieras podido elegir lo que no conocías. 

Deliberación 



El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación. Consiste en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos y negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene con aire acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato y gasta menos gasolina...». Deben observarse muchos factores antes de adoptar una decisión. 

Renuncia 




El cuarto elemento de cada elección es la renuncia. Quizá te sorprenda, porque no estamos acostumbrados a enfocar la elección como la negación de algo, sino, por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero ésta no es más que una cara de la moneda. La palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir "separar cortando". Seleccionar una parte implica siempre dejar el resto.

¿Recuerdas cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería? Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de angustiosa indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres: «¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto decidir? ¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan difíciles? Porque al optar por el de chocolate, eliminabas el de pistache, el napolitano, el de coco, y las demás posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a nuestra capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría elegirlo todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!

Del mismo modo, sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones adquieren un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican. Si tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa. Al fin y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades. Pero, como ya hemos dicho, sólo tenemos un cartucho en la vida, y más vale que lo aprovechemos bien a la primera.



El acto de elegir 




Pero los cuatro elementos mencionados hasta ahora no son suficientes. Nos llevan solamente al borde de la decisión. El escenario está listo, cada cosa está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente, pero aquí es donde está la esencia de la elección, cuando lo que podría ser se transforma en lo que es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones necesarias para que la elección sea posible.

Hay dos tipos de elección: elecciones intelectuales y elecciones vitales. No es lo mismo decidir una cosa que realizarla. Una cosa es el plan y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de elección. La elección no es solamente un acto de la inteligencia, sino también un acto de la voluntad.

Basta ver a un niño de seis años en la piscina: decide que ha llegado el momento de tirarse del trampolín de tres metros, como hacen los chicos más grandes. Sube la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire llenas de resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan lejos...! que termina por bajar por la escalerilla con igual resolución. Nuestras decisiones manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones difíciles.

En la actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una persona, en especial cuando el compromiso es para toda la vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De la visión del compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo obligado; elimino las demás posibilidades y me ato a las consecuencias de mi elección».

Cada elección es total, en el sentido de que el pasado es irrevocable: nunca podré volver atrás y repetir lo que hice o no hice. Con todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí: en ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un gran depósito de libertad potencial que nunca usaré.

Un hombre rico que no gasta nunca su dinero por miedo a quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era precisamente lo que quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra una paradoja similar. La persona que teme comprometer su vida en una causa noble, en un ideal, con una persona, vive en realidad como quien no tiene libertad; por temor al compromiso, termina por perder su libertad.

En cada elección, especialmente en las más fundamentales, se acepta siempre un cierto riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo sabes que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro de haber encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más que ennoblecer y embellecer una promesa, pues supone un compromiso maduro y personal, que no depende de las circunstancias actuales o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso del tiempo, más aún si viene con dificultades.

Las dos   grandes 
Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar según su grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá del momento. Las elecciones trascendentes son las que afectan más profundamente nuestras vidas y las de los demás. Algunas influyen poco; otras lo hacen de modo radical y condicionan nuestras decisiones futuras.

La elección de una carrera. 
Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre las cuatro que vamos a examinar, ésta es la de menor trascendencia, y varía de individuo a individuo. Para algunos la carrera no es más que la forma más conveniente de poner pan sobre la mesa cada día y de mantener lleno el tanque de la gasolina. Un número cada vez mayor de personas cambia de profesión varias veces durante su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.

Para otros, en especial para aquellos que han pasado años estudiando y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor, por ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha elección depende, a menudo, del deseo de realizar algo en la vida y contribuir de ese modo al bien de la sociedad.

Elegir enamorada o pareja

La mayor parte de las personas, al llegar a la madurez juvenil, afrontan la delicada elección de su pareja. No debe subestimarse la profundidad, la hermosura y la importancia de este paso en la vida, especialmente en una era en la que esta institución humana fundamental sufre violencia y distorsión.

Desconcierta la superficialidad con que muchas personas se acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la seriedad con que afrontan otras decisiones menos importantes. Piensa, por ejemplo, en la elección de un coche. Hay quienes pasan meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a expertos o propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema eléctrico, de la durabilidad de los neumáticos: todo ha de funcionar a la perfección. Un coche es una inversión y tiene que compensar el gasto.

La elección del cónyuge sobrepasa infinitamente cualquier compra. Se trata de encontrar un compañero para toda la vida, alguien con quien compartir las alegrías y tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se embarcan en una de las aventuras más grandes que ofrece la vida: formar una familia, célula de la sociedad.

Desafortunadamente, muchos se dejan guiar por criterios periféricos para decidir con quién casarse, reflejo de la concepción tan superficial que tienen del matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más profundas y prestan más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento más importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no está en que les guste jugar juntos a los naipes, o en que tengan alguna otra afición o pasatiempo en común; ni siquiera en el mutuo atractivo.

Aunque estos aspectos también tienen su lugar, el ingrediente primordial debe ser el coincidir en su visión de la vida, de la fe, de los ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando hay unidad en lo que es fundamental y esencial, podrán solucionarse con el diálogo otros aspectos menos importantes en los que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y las aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan graves dificultades cuando la luna de miel ceda el paso a la realidad de vivir juntos.

 


TIPOS DE VALORES


Existen diferentes tipos de valores:
1.- VALORES PERSONALES, que expresan gustos y preferencias individuales, como el tipo de chica que nos gusta, el tipo de pasatiempo que preferimos.2.- VALORES CONVENCIONALES, tienen que ver con los acuerdos sociales que deben seguirse, por ello varían en relación con la cultura; estos rigen las costumbres y las normas sociales; además, dados que están determinados por cada cultura, pueden ser modificados. Por ejemplo:La costumbre de que los varones no usan falda.3.- VALORES ÉTICOS: se trata de aquellos valores que no pueden ser cambiados, tienen validez universal. Son valores éticos, por ejemplo, el respeto a la vida, la justicia, la honestidad y la solidaridad con nuestro prójimo.
Las elecciones forman el tejido de la vida humana. Desde la aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre en una cadena ininterrumpida de decisiones, una tras otra. Cuando te levantas por la mañana y te pones unos calcetines grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás tomando una decisión. . A lo largo del día tomamos continuamente decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto tiempo.

Nuestras decisiones reflejan nuestros valores; así también, nuestros valores son como el telón de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere decir que nuestros valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás de nuestras decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con tu decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas del escritorio antes de empezar a trabajar, etc. Las elecciones y los valores son compañeros inseparables. Nuestras decisiones son la manifestación concreta de nuestros valores. ¿Qué hay de por medio en una elección?

No todas las decisiones producen el mismo impacto en nuestra vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un comienzo, un cambio importante en nuestro estilo de vida. Otras, como elegir la corbata por la mañana, repercuten poco en nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas, constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos: 1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay elección.

Libertad de elección 



La elección se basa en una premisa básica: la libertad. Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección.
La libertad de elección depende de la conciencia, de la reflexión y de la fuerza de voluntad.Una elección no es una respuesta ciega a un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más bien, la capacidad de tomar una decisión después de haber reflexionado sobre distintas posibilidades.
Incluso la pasividad es una forma de elección: la abstención del ejercicio de nuestra libertad. Equivale a consentir que otras personas o que los acontecimientos decidan por nosotros.

Múltiples posibilidades 



Un día, a las dos o tres de la tarde, el estómago te avisa que ya es hora de comer. Vas al refrigerador, pero lo encuentras vacío. Abres la despensa y encuentras tan sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay más que calentar... En este caso sólo existe una opción: la sopa de cebolla (claro que morir de hambre también podría ser una opción, pero no la vamos a considerar). Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.

Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no tienes alternativa.

Ahora bien, para que se dé una elección no basta con que haya por lo menos otra opción, sino que debes darte cuenta de que existe esa alternativa. En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a la mañana siguiente una alacena repleta justamente al lado de la despensa donde encontraste la lata de sopa. Estaba allí, pero no lo sabías; así es que, por lo que ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido. Si tu hermanito menor hubiera abierto las cartas de aceptación que te enviaron las dieciséis universidades, te habría perjudicado mucho, pues no hubieras podido elegir lo que no conocías. 

Deliberación 



El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación. Consiste en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos y negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene con aire acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato y gasta menos gasolina...». Deben observarse muchos factores antes de adoptar una decisión. 

Renuncia 




El cuarto elemento de cada elección es la renuncia. Quizá te sorprenda, porque no estamos acostumbrados a enfocar la elección como la negación de algo, sino, por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero ésta no es más que una cara de la moneda. La palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir "separar cortando". Seleccionar una parte implica siempre dejar el resto.

¿Recuerdas cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería? Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de angustiosa indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres: «¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto decidir? ¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan difíciles? Porque al optar por el de chocolate, eliminabas el de pistache, el napolitano, el de coco, y las demás posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a nuestra capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría elegirlo todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!

Del mismo modo, sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones adquieren un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican. Si tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa. Al fin y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades. Pero, como ya hemos dicho, sólo tenemos un cartucho en la vida, y más vale que lo aprovechemos bien a la primera.



El acto de elegir 




Pero los cuatro elementos mencionados hasta ahora no son suficientes. Nos llevan solamente al borde de la decisión. El escenario está listo, cada cosa está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente, pero aquí es donde está la esencia de la elección, cuando lo que podría ser se transforma en lo que es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones necesarias para que la elección sea posible.

Hay dos tipos de elección: elecciones intelectuales y elecciones vitales. No es lo mismo decidir una cosa que realizarla. Una cosa es el plan y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de elección. La elección no es solamente un acto de la inteligencia, sino también un acto de la voluntad.

Basta ver a un niño de seis años en la piscina: decide que ha llegado el momento de tirarse del trampolín de tres metros, como hacen los chicos más grandes. Sube la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire llenas de resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan lejos...! que termina por bajar por la escalerilla con igual resolución. Nuestras decisiones manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones difíciles.

En la actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una persona, en especial cuando el compromiso es para toda la vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De la visión del compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo obligado; elimino las demás posibilidades y me ato a las consecuencias de mi elección».

Cada elección es total, en el sentido de que el pasado es irrevocable: nunca podré volver atrás y repetir lo que hice o no hice. Con todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí: en ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un gran depósito de libertad potencial que nunca usaré.

Un hombre rico que no gasta nunca su dinero por miedo a quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era precisamente lo que quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra una paradoja similar. La persona que teme comprometer su vida en una causa noble, en un ideal, con una persona, vive en realidad como quien no tiene libertad; por temor al compromiso, termina por perder su libertad.

En cada elección, especialmente en las más fundamentales, se acepta siempre un cierto riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo sabes que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro de haber encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más que ennoblecer y embellecer una promesa, pues supone un compromiso maduro y personal, que no depende de las circunstancias actuales o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso del tiempo, más aún si viene con dificultades.

Las dos   grandes 
Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar según su grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá del momento. Las elecciones trascendentes son las que afectan más profundamente nuestras vidas y las de los demás. Algunas influyen poco; otras lo hacen de modo radical y condicionan nuestras decisiones futuras.

La elección de una carrera. 
Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre las cuatro que vamos a examinar, ésta es la de menor trascendencia, y varía de individuo a individuo. Para algunos la carrera no es más que la forma más conveniente de poner pan sobre la mesa cada día y de mantener lleno el tanque de la gasolina. Un número cada vez mayor de personas cambia de profesión varias veces durante su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.

Para otros, en especial para aquellos que han pasado años estudiando y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor, por ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha elección depende, a menudo, del deseo de realizar algo en la vida y contribuir de ese modo al bien de la sociedad.

Elegir enamorada o pareja

La mayor parte de las personas, al llegar a la madurez juvenil, afrontan la delicada elección de su pareja. No debe subestimarse la profundidad, la hermosura y la importancia de este paso en la vida, especialmente en una era en la que esta institución humana fundamental sufre violencia y distorsión.

Desconcierta la superficialidad con que muchas personas se acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la seriedad con que afrontan otras decisiones menos importantes. Piensa, por ejemplo, en la elección de un coche. Hay quienes pasan meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a expertos o propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema eléctrico, de la durabilidad de los neumáticos: todo ha de funcionar a la perfección. Un coche es una inversión y tiene que compensar el gasto.

La elección del cónyuge sobrepasa infinitamente cualquier compra. Se trata de encontrar un compañero para toda la vida, alguien con quien compartir las alegrías y tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se embarcan en una de las aventuras más grandes que ofrece la vida: formar una familia, célula de la sociedad.

Desafortunadamente, muchos se dejan guiar por criterios periféricos para decidir con quién casarse, reflejo de la concepción tan superficial que tienen del matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más profundas y prestan más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento más importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no está en que les guste jugar juntos a los naipes, o en que tengan alguna otra afición o pasatiempo en común; ni siquiera en el mutuo atractivo.

Aunque estos aspectos también tienen su lugar, el ingrediente primordial debe ser el coincidir en su visión de la vida, de la fe, de los ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando hay unidad en lo que es fundamental y esencial, podrán solucionarse con el diálogo otros aspectos menos importantes en los que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y las aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan graves dificultades cuando la luna de miel ceda el paso a la realidad de vivir juntos.

 


TIPOS DE VALORES


Existen diferentes tipos de valores:
1.- VALORES PERSONALES, que expresan gustos y preferencias individuales, como el tipo de chica que nos gusta, el tipo de pasatiempo que preferimos.2.- VALORES CONVENCIONALES, tienen que ver con los acuerdos sociales que deben seguirse, por ello varían en relación con la cultura; estos rigen las costumbres y las normas sociales; además, dados que están determinados por cada cultura, pueden ser modificados. Por ejemplo:La costumbre de que los varones no usan falda.3.- VALORES ÉTICOS: se trata de aquellos valores que no pueden ser cambiados, tienen validez universal. Son valores éticos, por ejemplo, el respeto a la vida, la justicia, la honestidad y la solidaridad con nuestro prójimo.
Las elecciones forman el tejido de la vida humana. Desde la aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre en una cadena ininterrumpida de decisiones, una tras otra. Cuando te levantas por la mañana y te pones unos calcetines grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás tomando una decisión. . A lo largo del día tomamos continuamente decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto tiempo.

Nuestras decisiones reflejan nuestros valores; así también, nuestros valores son como el telón de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere decir que nuestros valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás de nuestras decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con tu decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas del escritorio antes de empezar a trabajar, etc. Las elecciones y los valores son compañeros inseparables. Nuestras decisiones son la manifestación concreta de nuestros valores. ¿Qué hay de por medio en una elección?

No todas las decisiones producen el mismo impacto en nuestra vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un comienzo, un cambio importante en nuestro estilo de vida. Otras, como elegir la corbata por la mañana, repercuten poco en nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas, constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos: 1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay elección.

Libertad de elección 



La elección se basa en una premisa básica: la libertad. Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección.
La libertad de elección depende de la conciencia, de la reflexión y de la fuerza de voluntad.Una elección no es una respuesta ciega a un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más bien, la capacidad de tomar una decisión después de haber reflexionado sobre distintas posibilidades.
Incluso la pasividad es una forma de elección: la abstención del ejercicio de nuestra libertad. Equivale a consentir que otras personas o que los acontecimientos decidan por nosotros.

Múltiples posibilidades 



Un día, a las dos o tres de la tarde, el estómago te avisa que ya es hora de comer. Vas al refrigerador, pero lo encuentras vacío. Abres la despensa y encuentras tan sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay más que calentar... En este caso sólo existe una opción: la sopa de cebolla (claro que morir de hambre también podría ser una opción, pero no la vamos a considerar). Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.

Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no tienes alternativa.

Ahora bien, para que se dé una elección no basta con que haya por lo menos otra opción, sino que debes darte cuenta de que existe esa alternativa. En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a la mañana siguiente una alacena repleta justamente al lado de la despensa donde encontraste la lata de sopa. Estaba allí, pero no lo sabías; así es que, por lo que ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido. Si tu hermanito menor hubiera abierto las cartas de aceptación que te enviaron las dieciséis universidades, te habría perjudicado mucho, pues no hubieras podido elegir lo que no conocías. 

Deliberación 



El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación. Consiste en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos y negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene con aire acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato y gasta menos gasolina...». Deben observarse muchos factores antes de adoptar una decisión. 

Renuncia 




El cuarto elemento de cada elección es la renuncia. Quizá te sorprenda, porque no estamos acostumbrados a enfocar la elección como la negación de algo, sino, por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero ésta no es más que una cara de la moneda. La palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir "separar cortando". Seleccionar una parte implica siempre dejar el resto.

¿Recuerdas cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería? Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de angustiosa indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres: «¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto decidir? ¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan difíciles? Porque al optar por el de chocolate, eliminabas el de pistache, el napolitano, el de coco, y las demás posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a nuestra capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría elegirlo todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!

Del mismo modo, sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones adquieren un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican. Si tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa. Al fin y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades. Pero, como ya hemos dicho, sólo tenemos un cartucho en la vida, y más vale que lo aprovechemos bien a la primera.



El acto de elegir 




Pero los cuatro elementos mencionados hasta ahora no son suficientes. Nos llevan solamente al borde de la decisión. El escenario está listo, cada cosa está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente, pero aquí es donde está la esencia de la elección, cuando lo que podría ser se transforma en lo que es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones necesarias para que la elección sea posible. 

Hay dos tipos de elección: elecciones intelectuales y elecciones vitales. No es lo mismo decidir una cosa que realizarla. Una cosa es el plan y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de elección. La elección no es solamente un acto de la inteligencia, sino también un acto de la voluntad. 

Basta ver a un niño de seis años en la piscina: decide que ha llegado el momento de tirarse del trampolín de tres metros, como hacen los chicos más grandes. Sube la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire llenas de resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan lejos...! que termina por bajar por la escalerilla con igual resolución. Nuestras decisiones manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones difíciles. 

En la actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una persona, en especial cuando el compromiso es para toda la vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De la visión del compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo obligado; elimino las demás posibilidades y me ato a las consecuencias de mi elección». 

Cada elección es total, en el sentido de que el pasado es irrevocable: nunca podré volver atrás y repetir lo que hice o no hice. Con todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí: en ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un gran depósito de libertad potencial que nunca usaré. 

Un hombre rico que no gasta nunca su dinero por miedo a quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era precisamente lo que quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra una paradoja similar. La persona que teme comprometer su vida en una causa noble, en un ideal, con una persona, vive en realidad como quien no tiene libertad; por temor al compromiso, termina por perder su libertad. 

En cada elección, especialmente en las más fundamentales, se acepta siempre un cierto riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo sabes que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro de haber encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más que ennoblecer y embellecer una promesa, pues supone un compromiso maduro y personal, que no depende de las circunstancias actuales o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso del tiempo, más aún si viene con dificultades. 

Las dos   grandes 
Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar según su grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá del momento. Las elecciones trascendentes son las que afectan más profundamente nuestras vidas y las de los demás. Algunas influyen poco; otras lo hacen de modo radical y condicionan nuestras decisiones futuras.

La elección de una carrera. 
Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre las cuatro que vamos a examinar, ésta es la de menor trascendencia, y varía de individuo a individuo. Para algunos la carrera no es más que la forma más conveniente de poner pan sobre la mesa cada día y de mantener lleno el tanque de la gasolina. Un número cada vez mayor de personas cambia de profesión varias veces durante su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.

Para otros, en especial para aquellos que han pasado años estudiando y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor, por ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha elección depende, a menudo, del deseo de realizar algo en la vida y contribuir de ese modo al bien de la sociedad.

Elegir enamorada o pareja

La mayor parte de las personas, al llegar a la madurez juvenil, afrontan la delicada elección de su pareja. No debe subestimarse la profundidad, la hermosura y la importancia de este paso en la vida, especialmente en una era en la que esta institución humana fundamental sufre violencia y distorsión.

Desconcierta la superficialidad con que muchas personas se acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la seriedad con que afrontan otras decisiones menos importantes. Piensa, por ejemplo, en la elección de un coche. Hay quienes pasan meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a expertos o propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema eléctrico, de la durabilidad de los neumáticos: todo ha de funcionar a la perfección. Un coche es una inversión y tiene que compensar el gasto.

La elección del cónyuge sobrepasa infinitamente cualquier compra. Se trata de encontrar un compañero para toda la vida, alguien con quien compartir las alegrías y tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se embarcan en una de las aventuras más grandes que ofrece la vida: formar una familia, célula de la sociedad.

Desafortunadamente, muchos se dejan guiar por criterios periféricos para decidir con quién casarse, reflejo de la concepción tan superficial que tienen del matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más profundas y prestan más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento más importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no está en que les guste jugar juntos a los naipes, o en que tengan alguna otra afición o pasatiempo en común; ni siquiera en el mutuo atractivo.

Aunque estos aspectos también tienen su lugar, el ingrediente primordial debe ser el coincidir en su visión de la vida, de la fe, de los ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando hay unidad en lo que es fundamental y esencial, podrán solucionarse con el diálogo otros aspectos menos importantes en los que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y las aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan graves dificultades cuando la luna de miel ceda el paso a la realidad de vivir juntos.
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Existen diferentes tipos de valores:
1.- VALORES PERSONALES, que expresan gustos y preferencias individuales, como el tipo de chica que nos gusta, el tipo de pasatiempo que preferimos.2.- VALORES CONVENCIONALES, tienen que ver con los acuerdos sociales que deben seguirse, por ello varían en relación con la cultura; estos rigen las costumbres y las normas sociales; además, dados que están determinados por cada cultura, pueden ser modificados. Por ejemplo:La costumbre de que los varones no usan falda.3.- VALORES ÉTICOS: se trata de aquellos valores que no pueden ser cambiados, tienen validez universal. Son valores éticos, por ejemplo, el respeto a la vida, la justicia, la honestidad y la solidaridad con nuestro prójimo.
comentario: los valores se refieren a los principios que guían nuestro comportamiento y los padres no saben el daño que les hacen a sus hijos cuando no les hablan sobre el sexo en la adolescencia también  se expresan atreves en la forma como nos comportamos con los amigos padres o en la escuela o con  el enamorado también tenemos que tomar decisiones que nos ayuden o perjudiquen  pero debemos procurar no equivocarnos aunque a nuestra edad  nos vamos a equivocar varias veces por eso todos tienen el derecho de vivir una sexualidad saludable:LISBETH CHAVEZ PANTOJA.

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